Archive | junio 2008

Atardece de regreso

 
Una buena salida merece siempre una buena llegada. Sin prisas,
respirando hondo a grandes bocanadas el fresco aire del atardecer. Ver cómo el
sol saca chispas al rozar las aristas de los otros vehículos y baña con esos
extraños colores, invisibles a otra hora, todo el paisaje. Y te maravilla oír
el ronroneo del motor propulsándote por el lomo de serpiente que es la
carretera. Parece que el tiempo se detiene en la esfera imparable. Nos hemos
liberado mágicamente de la puñetera, obligatoria y tediosa rutina, ingrávidos,
levitando sobre el asfalto.

Una buena ruta se aprecia en la satisfacción de haber llenado tu vida
con una nueva experiencia.

Todo buen motard es un artista, y su moto el lápiz con el que dibuja el
espacio que le rodea

Y hay veces que para crear, necesitamos
de la soledad. Hay veces que solamente así se puede despertar la sensibilidad
necesaria para sentir la vida-ruta más profundamente. Por eso algún día, te
levantas temprano. Muy temprano. Bajas al garaje, arrancas el "mega"
y enfilas la carretera de la  sierra. No
ha amanecido, y la cotidiana ciudad en la que sobrevives parece otra. Oscura,
solitaria, misteriosa. El gruñido del motor, todavía frío, rebota contra los
coches aparcados; la luz del faro abre una blanca herida en el asfalto mojado.
Vas dejando atrás a esa bestia agazapada, que en pocos minutos comenzará a
desperezarse. Pero ya estarás lejos, escalando las primeras estribaciones, con
largas tumbadas que te harán olvidar la gravedad. Poco a poco, los trazos serán
más cerrados y lentos. Al fin alcanzarás la cima: ese punto mágico desde donde
tu vista domina el horizonte.

Y si lo has hecho todo bien, en ese
momento, el Sol te iluminará.

Dedicado a todos aquellos náufragos para
los que la moto es un bote salvavidas. O un faro para los que van a la deriva.



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100.000 km de Azzurra

       100.000
Km con nuestra Piaggio X9 500 SL ie.

Compramos
la nuestra en Junio de 2002. El concesionario de Valencia, Vespa Turia, nos
dejo probar una y la verdad es que nos encantó a los dos, por su comodidad y
potencia, y por su línea redondeada y simpática…No nos atrevimos a comprarlo
amarillo, pero pasado el tiempo creo que hubiera sido más original y vistoso.

    Ya
teníamos una Vespa y dado su magnífico resultado, pues decidimos repetir
fabricante. Sabíamos que en Italia y Francia se vendía una versión sin PICS ni
caballete eléctrico…pero aquí no la traían, así que nos tocó pagar estos
accesorios que no encontrábamos útiles para nosotros.

   Tras un periodo de adaptación necesario,
pues nuestro anterior scooter fue un Aprilia Scarabeo 150, de rueda grande y
más ligero, notamos que sobre los 6000 kilómetros el motor empezó a dar todo su
potencial, poniendo en evidencia la ligereza de su dirección. Endurecer la
horquilla con aceite más denso y montar neumáticos Michelin Gold Standard fue
definitivo para que me agradara del todo: obtuve de él un gran rendimiento y
placer en su conducción….incluso apurándolo….aunque solo sea un scooter también
me ha divertido haciendo curvitas…

   En ciudad solo le penaliza el peso en
parado, pues es bastante compacto y posee un buen radio de giro. Por lo demás,
nada le diferencia de su hermanito de 125. Subirlo al caballete no es
difícil…pero bajarlo requiere su técnica. Una vez en marcha, es calmoso en los
primeros metros, pues de otra forma el par motor te haría derrapar fácilmente,
pero una vez en movimiento las aceleraciones son corpulentas, y “surfear” entre
el caótico tráfico del centro es sumamente placentero abriendo un poco de gas:
guarda mucho todavía. No da pereza utilizarlo para la vida diaria: aranca
siempre a la primera aunque apriete el frío, y en los 100.000 kilómetros que
llevamos juntos jamás me ha dejado tirado. Pese a ser un “scoterone” no le hace
ascos al centro….aunque sus mejores bazas las guarda para las circunvalaciones.
En ellas podemos contar con un vehículo rápido y con potente frenada, dotado de
una excelente protección aerodinámica. Recupera bien y es capaza de adelantar
sin titubeos incluso con dos a bordo. La transmisión automática es muy engañosa
en cuanto a las sensaciones que transmite: parece que no acelera, comparado con
una moto dotada de cambio de marchas, pero gana velocidad rápidamente.

   Somos muy aficionados a los viajes, ya
hicimos nuestros pinitos con la vespita…e incluso con la Scarabeo 150 nos
atrevimos a acercarnos al Pirineo….En estas lides, el X9 500 es un compañero
fiel, que nos brinda comodidad y protección. Es parco en el consumo de gasolina
y capaz de mantener unos buenos cruceros, incluso con carga. Dispones de una
autonomía aproxima de 250 kilómetros: tu culo seguro que aguanta menos…. Sólo
baja un poco de rendimiento en pendientes pronunciadas, donde el CVT no es
capaz de extraer el enorme potencial del magnífico motor del que está equipado.
Pero se le puede perdonar, porque realmente no influye en la media del viaje, aunque
no resulta agradable. Es muy apto para ser equipado para la ruta. El nuestro
lleva una maleta Shad de 46 litros con parrilla Givi para poder amarrar la
tienda ligera que solemos transportar en verano. Un juego de alforjas
semi-rígidas y una bolsa sobre-túnel completan el buen hueco bajo el asiento,
que solo adolece de no poder acoger dos integrales debido a la estrechez de su
boca. La guantera no es de gran utilidad pese a su tamaño, porque es muy
vertical y los objetos se caen al abrirla. La que está situada junto al
manillar sólo sirve para objetos pequeños y no lleva cerradura. Hacer
kilómetros no cuesta porque vas cómodo y bien protegido, incluso las manos
están a salvo de los embates del viento debido al acertado posicionamiento de
los espejos retrovisores. El pasajero también disfruta de un asiento cómodo, y
unos reposa-pies no tan acertados, pero que permiten mover las piernas. Por la
noche la iluminación es buena, con el “pero” de que el haz de la larga es algo
estrecho. Muy bien equipado, pues tiene warning, y el ordenador también te
ofrece buena información, muy apreciada por los más ruteros.

La
X9 500 nos ha resultado un vehículo fiable y práctico, relativamente económico
de mantener y muy versátil. Con un motor a destacar, fiable, poco bebedor de
gasolina y nada de aceite. Potente y muy duro, con un mantenimiento
aceptablemente barato. Lo único malo ha sido el pésimo resultado del caballete
hidráulico, que en principio es un gadget muy interesante, en la práctica es
problemático y frustrante. El PICS, como ya he dicho, nunca me ha resultado
interesante. Por lo demás siempre tendrá un lugar de honor en nuestra memoria.

 

Los cien mil en cifras:

Operaciones
en garantía

-Cuadro
multifunción. A los 19.200 km volvió a estar a cero.

-Caballete
hidráulico.

Mantenimiento

-Correas:
10

-Filtros
de aceite: 9

-Filtros
de aire: 6

-Juegos
de pastillas: 11

-Bujías:
9

-Batería:
1

-Topes
goma caballete: 3

-Embragues:
2

-Variador:
1

-Escape:
Leo Vinci 4 Road

-Disco
de freno del: 1

-Disco
de freno tras: 1

-Retrovisores.:
3

 

Reparaciones

-Cambio
retenes horquilla (reventados en un bache)

-Cambio
rodamientos dirección: 3

-Cambio
de interruptor del caballete gripado y relé alarma.

-Cambio
de interruptor pata de cabra por caída.

-Cambio
reenvío cuentakilómetros

-Cambio
retén bomba de agua

-Limpieza
cuerpo mariposa: 3

 

Neumáticos

Monta
original: Pirelli delante, Dunlop detrás (puaggg, qué mal)

Dunlop
delantero: 1

Dunlop
trasero: 2

Michelin
Gold Standard delanteros: 4

Michelin
Gold Standard traseros: 6

 

Coste aproximado.: 0.05 € / kilómetro (Mecánica y mantenimiento, no se
incluye seguro y otros gastos, ni combustible, claro)

 

Viajes

-Castilla
y León (Agosto 2002)

-Almeria
(por la costa) ( Noviembre 2002)

-Navarra
(Semana Santa 2003)

-Pingüinos
(Enero 2003)

-Jacetania-Pirineo
Aragonés (ambas vertientes) Agosto 2003

-País
Vasco (Agosto 2004)

-Cazorla,
Segura y las Villas (3 ocasiones)

-Tierras
conquenses (varias)

-La
Chulapa 2005 (El Escorial)

-Soria,
Alto Aragón.(Agosto 2005)

-Acueducto
2006 (Segovia)

-Calanda
(Semana Santa 2006)

-La
Chulapa 2006 (El Berrueco)

 

Innumerables
salidas domingueras y excursiones…Seguro que me dejo cosas, Han sido tantas las
que nos ha proporcionado esta máquina inolvidable.


Recordando casi empiezo unas memorias

Memorias de un escutero sarnoso

Haciendo referencia a Groucho. un groucho a dos ruedas. Ver
con guasa (y con ternura), ¡cómo somos!. Reírnos de nosotros mismos. ¿Por qué
nos tomamos tan en serio hacer 1000
Km. sentados en un artilugio con forma de inodoro con
ruedas de carretilla, sobre un asiento más duro que una tabla, cuya velocidad
es superada por cualquier caracol de última generación, y con frenos casi
ornamentales.

Son casi 30 años de afición, a veces eufórica, otras
enfermiza, frustrada, imposible, recuperada, pujante; de un motorista de a pié,
perdón de a moto. Pero de esa moto que los lleva a clase, que pasea a la novia,
que madruga para ir al curre, que nos hace reconocer al amigo, que nos lleva a
comprar un libro.

Escucho la canción Azzurro de Adriano Celentano: me
encanta…..Perdón, sigamos.

No hay grandes hazañas aquí. Nadie nos va a reconocer otra
cosa que no sea nuestra locura (por decirlo con benevolencia). Ahora, si eres
consciente de lo que estas viviendo, puede que escapes de la mediocridad, y te
dé ilusión despertar cada día, porque en esto, ejerces la libertad de hacer lo
que te gusta.

Planeo un viaje. Dispongo de poco tiempo. Seguramente la
distancia no sea mucha. Tal vez eso no me importe, lo fundamental es elegir
bien el camino. Y afrontarlo con los sentidos bien abiertos.

Que pequeño me siento cuando enfrento la carretera  sentado en mi pequeña Vespa. Los demás
vehículos me adelantan sin piedad, casi sin poder percatarme de su inexorable
aproximación.

Viajando en Vespa, nuestro camino siempre es más largo que
para los demás, las jornadas más extensas, las cuestas más pronunciadas, los
destinos más lejanos. Avanzamos imperceptiblemente, casi pegados al paisaje.

Un vencejo cruza mi trayectoria, frente a la pantalla de mi
casco, y nos saludamos. El sigue su camino y yo el mío. Las montañas, al fondo,
parecen inalcanzables, fijas en el horizonte. Termino llegando a sus
estribaciones y voy trepando, tan lentamente que parece que camino. Mirado a
ambos lados del escudo, percibo el asfalto como una piel oscura y agrietada..
soy un insecto diminuto que recorre el lomo de un elefante infinito…

Pese a utilizar una máquina para desplazarme, mi dimensión
es humana, los medios que utilizo sencillos y limitados. No puedo llevar muchas
cosas conmigo. Si vamos Amparo y yo, apenas nos vemos, pero el contacto es
íntimo, la complicidad absoluta, hasta desarrollamos una intuición que nos hace
reaccionar al unísono ante las vicisitudes de la carretera. Todos estas
experiencias hacen que el viaje tenga mucha proporción de aventura.

Ir en moto es un rescoldo de nuestra infancia que arde para
siempre en el corazón. Nace en nuestros primeros intentos de montar una bici,
poniendo a prueba nuestra habilidad. Hasta que dominamos la máquina y ésta
empieza a proporcionarnos unas sensaciones que anidarán en nosotros y  que jamás olvidaremos.

Cuando al fin experimentamos con una moto (siempre hay un
prestatario), las sensaciones se multiplican hasta llenarnos de una euforia que
sólo conoce el que la ha experimentado: dominio, libertad, audacia, casi vuelo.
Muchos quedamos hechizados, jamás dejaremos de desear sentir esto (no siempre
podemos realizar nuestros deseos ). Involucramos todo nuestro cuerpo en un
fluir por el espacio que nos rodea y eso nos compensa de tantas amarguras….

 

Allá por el año 81, recién terminado el servicio militar,
cumplo mi sueño.: obtengo el A-2
a la primera, tras dominar a la escamosa vespa de la
auto-escuela. Como quiera que tenía un trabajo e ingresos fijos, me compro mi
primera moto matriculada: una preciosa, blanca y tranquila Lambretta 200 cc.
Con ella ya podemos ir legalmente Amparo y yo a todas partes…Estrenamos
libertad.

Me viene a la mente la primera moto a la que me trepé.: una
Lambretta LD 125 de mi tío Fernando allá por los primeros años 60, cuando el
seiscientos todavía era un sueño; en ella nos montábamos mis primos y yo como
si fuera una nave espacial que tripulábamos mirando el estático velocímetro, y
moviendo el manillar de lado a lado….

   El pasado se
disuelve como la azulada estela azul que despide mi 200. Muchas cosas que en su
momento nos parecían trascendentales, quedan aparcadas en ese arcén en el que
no podremos volver a  estacionar.  Otras, como icebergs, asoman una mínima
parte  en la superficie de nuestra
memoria. En el fondo quedan cosas que todavía nos duelen sin que nos demos
cuenta. Conviene curarlas recorriendo sin parar el lomo de la serpiente.

  Paseo por la ciudad,
envuelta en esa luz dorada de las primaveras mediterráneas. El motor petardea
cadencioso mientras serpenteo entre los coches, que ya sin muchas prisas, se
dirigen perezosamente a casa. Vago entre semáforo y semáforo, sin otra inteción
que  disfrutar del suave balanceo entre
esquina y esquina, envuelto en el magma solar del atardecer. Lo demás, es ese
momento no importa. Sólo ese momento es una vida. Pero esto solo sucede pocas
veces en un año. El resto de los días el tiempo sí que existe. A veces paso
toda la semana esperando el domingo sólo para que salgamos con la moto. Que la
jornada sea  hermosa, que el corazón te
dedique una canción.

  Algún día tendré que
hablar del lomo de la serpiente. No hay que tener prisas al recorrerla. No sea
que  pases de largo lo que realmente
importa. La serpiente tiene cabeza. Y cola. Todo irá bien mientra recorras su
listado lomo.

A mi padre nunca le gustaron las motos. Pero aún así, me
compró mi primer ciclomotor (mi primera "moto"). No pude elegirlo, por lo que me
tuve que aplicar aquello de "si no puedes tener lo que quieres, quiere lo
que tienes". A los pocos meses, con el dinero ganado en trabajillos
esporádicos, lo dejé tan cambiado, que era irreconocible. Me encantó poder
hacerlo a mi imagen y semejanza. Me parecía maravilloso, pero…. expolié mis
arcas y tanta modificación dió al traste con su, digamos, fiabilidad mecánica.
Tuve que venderlo a piezas, pero la experiencia imprimió carácter, quedé
prendado de las motos para siempre.

El  servicio militar
marcaba un paréntesis en la vida de los españolitos de entonces…y  el obligado desplazamiento geográfico postró
a la moto en el letargo del garaje. Pero aprisionados en la disciplina,
soñabamos convertirnos en el  capitán
américa y recorrer largas y solitarias carreteras..