Archive | marzo 2007

Adicciones

   Siempre he creído que hay otros mundos…pero están es este. Pueden estar escondidos a la vuelta de la esquina . Sólo necesitas tener ganas de encontrarlos. Tampoco penséis que hacen falta grandes medios para explorarlos…¿qué tal una scooter?….Aunque, la verdad, es la historia de un viaje por el interior de uno mismo.

    Todo empezó, o mejor, volvió a comenzar en 1997….Tuve que dejar el vicio del tabaco a la fuerza, pues me estaba “perjudicando seriamente la salud”. Así que, como el miedo guarda la viña, y  con un poquito de voluntad conseguí dejarlo, y de paso aprovecho para aconsejarlo a quien aún no lo haya hecho. A parte de obtener inmediatos beneficios para mi cuerpo, me encontré que, en tres años alejado del vicio, había ahorrado un poquito…a costa de la disminución de beneficios de Tabacalera, y pensé dedicarlo a la compra de algo que anhelaba, algo con dos ruedas y un motor. Decidí comprarme una Vespa 200, tras muchos años enlatado, movido por la nostalgia y por una película que descubrí por casualidad en el video-club, impresionándome su vespa-filosofía: “Caro diario” de Nani Moretti, donde el director y actor de la película, pasea por Roma en una bellísima vespa sprint. También añoraba la primera moto matriculada (y scooter) que tuvimos: una bonita Lambretta 200, que nos sirvió fielmente. Buscaba, pues, un vehículo con “mantenimiento cero” con el que darme un paseo ocasional, para recordar viejos tiempos….Pero le encontré pronto el gustillo y desde entonces me bajo lo mínimo imprescindible del asiento de una scooter, tipo de moto con el que me siento muy identificado, aunque también me gusten mucho las “normales”.

    La verdad es que  pasaron dos años, con multitud de pequeñas excursiones, hasta que  me animé a preparar un viaje con la Vespa: dos personas y equipaje de camping para  4 ó 5 días. Moto y “locuras” nunca van separadas. Qué manera más loca de entrar en la cuarentena…

    La idea empezó a tomar cuerpo, y los posibles destinos, los mapas de carreteras, las listas de cosas necesarias, empezaron a circular por casa. Solamente eso ya te da ilusión.

    Lo primero  era buscar soluciones para llevar el equipaje: a parte del cofre que ya equipaba nuestra Vespa, le adaptamos unas alforjas grandes de cicloturismo, amén del clásico y práctico portaequipajes delantero que todo vespista conoce. Tras las varias pruebas “estáticas”, una corta salida de un día nos demostró la bondad del equipo, así como la necesidad de llevar un depósito auxiliar, ya que circulando por según qué carreteras, la falta de gasolineras y la poca autonomía de la scooter lo hacen imprescindible.

   Decidimos hacer el viaje por las vecinas tierras de Cuenca, muy recomendables de visitar, por sus encantos naturales y paisajísticos. Sólo disponíamos de cuatro días, y la distancia a recorrer hasta el lugar de destino nos permitiría visitar las zonas de la provincia que no conocíamos todavía. Incluso las ya conocidas cobraron un nuevo significado al visitarlas a lomos de una moto.

  Salimos de Valencia el martes 3 de Agosto, recién estrenadas las vacaciones. Cargados hasta los topes, llamando la atención del personal y la admiración de algún vespista urbanita. Enfilamos la C-234, carretera comarcal que comunica la ciudad de Valencia con la comarca interior de “Els Serrans”. El ronroneo alegre de la máquina  y el viento fresco en la cara, nos hacía olvidar la pegada del sol de Agosto, acrecentando el sentimiento de libertad y aventura, venciendo los kilómetros con la especial percepción que se tiene cuando se hace a 80 Km/h, aspirando los aromas de cada campo, los detalles de cada casa, formando parte del paisaje más que penetrándolo por breves instantes…y pensando que estábamos un poco locos.

  A veces la poesía se esfumaba  circulando entre camiones que nos rociaban de polvo y nos adelantaban sin mucho miramiento. Entre estos gigantes llegamos a Lliria, capital del “Camp de Turia”, comarca llana y muy calurosa en Agosto. Continuamos sin detenernos, dejamos atrás Casinos  y a medida que avanzábamos hacia La Serranía, el aire adquiría una frescura impropia de la canícula. La pendiente comenzaba a notarse, y la carretera se volvía màs solitaria y revirada, obligándonos a jugar con el cambio para mantener una velocidad “decente”. La ruta es paralela al río Tuéjar, retenido en el Embalse de Loriguilla, cuyas aguas sepultan el pueblo del mismo nombre y  que convirtieron en pueblo fantasma a Domeño; desde la carretera se pueden ver sus ruinas, que nos miraban con los ojos abiertos de sus portales y sus techos hundidos. Con un poco de tristeza aceleramos la marcha, pues tenemos intención de repostar la máquina y el cuerpo. Paramos en Chelva a poner gasolina y comprar algo para comer en el pueblo y así poder probar especialidades propias de la zona, pues os sorprendería la variedad de viandas que puede albergar el mostrador de un “horno de pan” de éstas comarcas. Continuamos un poco mas adelante, hasta Tuéjar, para dar cuenta de las provisiones tranquilamente sentados a la sombra de la arboleda, en el área recreativa junto al río Tuéjar. Hace unos cuantos años que acondicionaron su ribera, construyeron un camping en la parte alta y un refugio-restaurante para aprovechar la belleza natural del paraje y potenciar el turismo rural, última esperanza, tal vez, capaz de frenar la despoblación galopante de las tierras del interior.

   Era muy agradable la sombra, y la charla, comentando la “audacia” del viaje. Pero la carretera nos llamaba. Las pendientes se hacen notar y la Vespa las escalaba con su grave sonido, arrastrando, sin quejarse, su pesada carga.

   En Santa Cruz de Moya, ya en la provincia de Cuenca,  tomamos un tramo de carretera, la N-330 hacia Landete, que continúa, convertida en carretera local, hacia Campillos Paravientos, cruzando el río Cabriel, hacia Boniches, para enlazar mas adelante con la N-420, que nos llevaría directamente a Cuenca. Este tramo resultó especialmente penoso para los “tripulantes”, ya que nos pilló el sol de mediodía en una carretera donde abundaban las rectas. La “nave” siguió impertérrita, y solo necesitó repostar. Aquí se demostró la utilidad del bidón de 5 litros auxiliar, pues recorrimos un montón de kilómetros por una carretera desierta en la que no había ni una sola gasolinera.

   Sobre las 14:30, con el cuerpo recalentado y molido, llegamos a la ciudad de Cuenca, que atravesamos  en nuestra cargadísima Vespa, bajo la mirada asombrada de más de un ciudadano. Sin parar nos dirigimos al camping, el “Camping Caravaning Cuenca”, muy agradable y con buenas instalaciones, piscina incluída, a 8 km de la ciudad , por la carretera de Tragacete, que transcurre entre las Hoces del río Júcar. Nos registramos, montamos la tienda, descargamos la moto y nos fuimos directamente al restaurante  a reponer energías. Ni que decir tiene que la comida nos supo a gloria, y nos la habiamos ganado.

   Al dia siguiente salimos temprano, pues queriamos visitar las Hoces de Beteta, situadas al Norte, casi lindando con Guadalajara. El aire era fresco, y con la Vespa aligerada del equipaje, afrontamos la marcha con un poco más de alegría. La carretera corre paralela al río Júcar, pudiendo disfrutar de un verde y bello paisaje en todo el trayecto, subiendo hacia Villalba de la Sierra, hacia Uña, por la CU- 921, carretera de montaña escasamente transitada y que fué una gozada recorrer por el trazado sinuoso y el entorno natural que la circunda. Rodando a buen ritmo llegamos a Tragacete con el cielo amenazando lluvia….algunas gotas sueltas se estrellaban contra la pantalla del casco, pero sin intención de aguarnos la fiesta. Hicimos un alto en el nacimiento del río Cuervo, parada turística obligatoria, y repostaje obligatorio: las gasolineras no abundan y nuestra querida Vespa no dispone de gran autonomía; más vale ser precabido, el bidón auxiliar nos salvó más de una vez de quedarnos tirados sin combustible. Tras retomar la ruta, ya de un tirón, alcanzamos las Hoces, y cuando vimos la belleza del paraje, dimos por buenos todos los kilómetros recorridos y la tumefacción de nuestros traseros;  la carretera queda encajonada entre rocas caprichosamente talladas por el paso del agua durante milenios, frondosos y umbríos bosques de tilos y hayas, que cobijan numerosas y escondidas fuentes. También pudimos visitar una curiosa casa troglodita horadada en la montaña: “La Casa de la Toba”, contruída en los años 50. Poco más arriba, donde el desfiladero se estrecha, vale la pena apearse de la moto y empuñar la cámara fotográfica para hacer honor a la belleza botánica de una de las fuentes de las que antes os he hablado: la Fuente de los Tilos. Finalizada felizmente la jornada, emprendimos el regreso al camping.

   El nuevo día nos depara una ruta más tranquila y llana. Un cambio de paisaje total, con predominio de los campos de girasoles salpicados de amapolas, las lomas suaves, la tierra roja, amplios horizontes y carreteras estrechas y muy poco transitadas. Recorrer la comarca del Campichuelo en la Vespa era un verdadero placer, paseando casi al relentí en cuarta, enlazando solitarios pueblos, donde los ancianos, casi sus únicos habitantes, se sorprendían al vernos llegar a la soleada plaza, montados en un vehículo tan sencillo para los tiempos que corren…”caramba, ¡qué turistas mas raros!…Mariana, Sotos, Losares, Collados, Torrecilla, Villaseca, Ribagorda, La Frontera, Cañamares, Priego….Solo el brillante azul del cielo, y la evolución de las nubes algodonosas y blanquísimas, causaban un gran impacto a los  urbanitas  entrometidos. Nos sentíamos tan pequeños en un paisaje tan grande y solitario, montados en una pequeña moto que, tal vez, jamás soñó con abandonar la calles y las avenidas, pero que no se amilanó ante el desafío de la carretera. Sus dos pasajeros siempre le estaremos agradecidos por darnos la alternativa a los viajes en moto, de los que ya estamos irremediablemente enganchados.

  Pese a que anteriormente habíamos visitado Cuenca, hemos de reconocer que su belleza se ve realzada al recorrerla en moto. Su fuerte es el paisaje, y su protagonista la piedra modelada por el agua. Un claro ejemplo, a parte de la más conocida Ciudad Encantada, son Los Callejones de las Majadas, pues se hallan en un estado más natural, y todavía sirven de refugio al ganado.

Por el camino de vuelta a Cuenca capital, serpenteando por una carretera con muchas curvas, donde la Vespa se defendía dignamente para sus limitaciones (¡ 10 ” y 12 cv  con dos personas! ), paramos en El Ventano del Diablo o Puerta del infierno, excabado en la roca a fuerza de barrena y dinamita. Ofrece una panorámica expléndida del curso del río Escabas. Y allí comprendes lo oportuno que es el nombre de esta provincia surcada  y tallada por el curso de tantos ríos…

Por fin teníamos que regresar…y decidimos tomar la autovía A-3. La verdad es que si hay un sitio donde la vespa no estuvo a gusto fué allí.: 220 km de calvario propiciados por toda clase de vehículos. No tengo que explicaros que eramos los más lentos, y los rebufos de los camiones que nos adelantaban constantemente casi nos hacen desistir y buscar una comarcal  mucho más tranquila. Pero llegamos con bien y sin ningún contratiempo. Y con muchas ganas de repetir. Esta sencilla Vespa nos abrió las puertas a una afición incomparable para mí. Y me enseñó a venerar por encima de todos los motards, a aquellos que lo hacen en una sencilla máquina que apenas supera los 100 km por hora, y es la viva imagen de la elegancia espartana. Porque viajar en Vespa no es para blandengues, ni para impacientes. Hablar de prestaciones está de más. Pero las sensaciones están ahí, y el que las ha probado sabe de que hablo.

    Y claro, enseguida a planear la próxima. Pero la del verano siguiente fué con una Aprilia Scarabeo 150, vehiculo de concepción mucho más moderna: nuestra primera moto de 4 tiempos. Pese a su menor cilindrada, supera en mucho las prestaciones de la Vespa PX 200, y sus ruedas de 16 ” le dan un andar de moto que se agradece en carretera. La baja cilindrada de la montura nos aconsejó no ser demasiado ambiciosos con el viaje….en cuanto a  lejanía, porque acabamos recorriendo en tres dias 1500 km. A todo confort y con gran sensación de seguridad. Quisimos hacer un recorrido que abarcara Teruel, Guadalajara y Cuenca, por la zona del Alto Tajo, también de camping. La verdad es que yo disfruté de la conducción como no había hecho desde que vendí mi última (y única) moto de rueda grande: una Derbi 2002 (uf, qué viejo soy). Sólo resultaba menos divertido trepar, porque en las bajadas….¡¡¡yuupiii!!! : aplomo, frenada, comodidad. El uso de esta moto-scooter enseguida me hizo presagiar que era el embrión del scooter polivalente y tal vez de la moto automática de turismo tranquilo.

 El viaje resultó muy positivo, recorrimos carreteras muy hermosas. Siempre buscamos, con motos de pequeña cilindrada, las carreteras con poco tráfico donde no tengamos necesidad de adelantar. En cierta forma, añoro esos viajes, en los que descubrías, al lado de casa, lugares increibles: ¿cómo puede estar tan cerca y  no lo hemos visto antes?.

En los viajes en moto, unas veces estableces un “campamento” base en un punto bien comunicado de la zona que piensas visitar, o te lo haces en plan itinerante, montando y desmontando el “campamento” en cada jornada. Cada una se adapta mejor al tipo de moto o al tipo de viaje que escojamos: en el caso de un viaje con scooter de poca cilindrada y mucha carga optamos por la opción itinerante esta vez, porque eran muy pocos días y pocos kilómetros por etapa: De Valencia a Albarracín por la mañana, y por la tarde, ya sin carga, visitar zonas próximas de interés, de las que te pueden informar en el mismo camping, que funcionan muchas veces de “oficina de turismo”. A la mañana siguiente, Albarracín(provincia de Teruel)-Cañamares(provincia de Cuenca), naturalmente por carreteras escogidas, que nos permitan disfrutar del paisaje y de la conducción. Muchas veces, un imprevisto, una carretera cortada por obras…abre la caja de las sorpresas y la aventura se cuela en el viaje….y la obligada consulta al lugareño, a la compra de provisiones,…etc, te acerca mucho más al terreno que pisan tus neumáticos. Y seguir una carretera, a la que no ves el fin, descubriendo tras cada curva un pequeño paraíso….o por lo menos nos lo parece desde nuestra perspectiva: ¿pero no es eso lo que de verdad importa?.

Al año siguiente fuimos mucho más ambiciosos, pues nos propusimos ir de Valencia a el Pirineo leridano con nuestra pequeña Scarabeo 150….y lo conseguimos. Nunca podremos olvidar este viaje porque de verdad supuso nuestra “graduación” como moteros: los paisajes, las carreteras de montaña flanqueadas del verdor de los prados, cruzarse con otras motos y saludar y ser saludado…charlar en una parada en lo alto de un puerto o en una gasolinera…rodar junto a desconocidos, por  carreteras de esas que transmiten lo mágico que es ir en moto, aprendiendo de los más sabios cómo se dibujan las curvas…Y nos dimos cuenta que no era un capricho subir de cilindrada…y que compartir la ruta con otros era muy agradable…Luego vino la X9- 500, más viajes, más amigos…Pero esto es otra historia….Perdonad que no abunde en detalles de las rutas, o lugares de interés turístico, que es lo que se suele hacer…pero este relato me ha salido sentimental e introspectivo, buscando las causas por las que ahora somos scooteristas empedernidos y ,porque no decirlo, orgullosos.

Muchas V’ss